
Febrero se topó con ella. La descubrió flotando entre paredes líquidas, invadida de una humedad áspera, ardiente y caudalosa. Ensimismada metía la cabeza en sus entrañas y no dejaba que nada, ni nadie lo impidiera. De vez en cuando, permitía que alguna luz se deslizara hacia el exterior y, de este modo, daba alguna señal de vida, como para no crear falsas alarmas.
En ocasiones se estrellaba con algún que otro espécimen, de esos que hacen siempre mortificar la vida de quienes quieren dormir y soñar tranquilos. Unos le estremecían los sesos y le taladraban las pestañas, otros, menos cautos, le corrompían el corazón.
La malgastaban, la empujaban hacia mundos extraños, oscuros y grises, plagados de dolores impensados, complicaciones extrañas que no dejaban de involucrar a su cuerpo ni a su alma.
Así no podría ir muy lejos. Quedarse era alejarse. Debía emerger, bañar con la miel de sus ojos la vida que la rodeaba, inundar de voz suave y límpida el día, hacer milagros con sus manos y usar la cabeza para otra cosa. ¡A qué velocidad va la mente…cuántos mundos se pueden crear en un instante y, encima, en su caso, todos eran posibles!
Puso la vida sobre sus talones, se incorporó a la lucha, juntó las ganas con cucharitas y…siguió adelante.
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